Sociedad

Ex carmelita de Nogoyá relató el aislamiento y la obediencia extrema en el convento

Eveline Garay, quien vivió tres años en el Carmelo de Nogoyá, describió las estrictas reglas de obediencia, el aislamiento y las prácticas de mortificación que.

Ex carmelita de Nogoyá relató el aislamiento y la obediencia extrema en el convento

Eveline Trinidad Garay, una ex carmelita descalza que permaneció tres años y tres meses en el Carmelo de Nogoyá, relató las estrictas normas de obediencia, aislamiento y mortificación que caracterizaban la vida en el convento. Actualmente radicada en España, Garay compartió su testimonio tras la repercusión que adquirió el caso con el estreno de la serie Cautiva. Ingresó a la orden con 19 años con la intención de quedarse definitivamente, pero con el tiempo comenzó a percibir la radicalidad de los votos de obediencia, pobreza y castidad.

La mujer describió un proceso gradual donde las religiosas debían anularse a sí mismas para adaptarse a las reglas internas. Según su relato, se les enseñaba paso a paso a aceptar las mortificaciones y los elementos que debían utilizar. Garay ejemplificó la obediencia absoluta hacia los superiores con la instrucción de poner una silla patas para arriba sin cuestionamientos, lo que terminaba repercutiendo en la pérdida de la autonomía y la personalidad individual.

Las decisiones sobre la rutina diaria, como el tiempo de ducha o las tareas asignadas, eran tomadas por la orden, ignorando las aptitudes o preferencias de las religiosas. La comunicación con el exterior era mínima y también estaba controlada. En ese contexto, Garay coincidió en el convento con Silvia Albarenque, quien años después se convirtió en una de las protagonistas de las denuncias públicas sobre el caso.

El vínculo entre ambas fue muy limitado; Garay recordó que hablaron apenas tres o cuatro veces, siempre sobre temas relacionados con el Carmelo y nunca sobre su vida personal. No existía margen para desarrollar amistades ni tratos especiales, con restricciones que incluían no mirarse a los ojos ni tocarse las manos. Cada religiosa debía permanecer en su espacio estipulado y realizar únicamente lo que se le mandaba.

Para Garay, el aislamiento era una de las consecuencias más profundas de esta dinámica, generando una sensación de soledad extrema y un dominio total por parte de la orden. Respecto a las prácticas de mortificación, aclaró que si bien estaban contempladas en las reglas de la orden, no se trataba necesariamente de autoflagelación, aunque reconoció que el sufrimiento experimentado no estaba exclusivamente relacionado con lo físico.