A tres décadas del estreno del videojuego original, llega a las salas Resident Evil: noche cero. Se trata de la octava producción de la saga y representa el segundo reinicio de la historia cinematográfica. Bajo la dirección de Zach Cregger, el filme se aleja de los héroes tradicionales como Alice o Leon para centrarse en Bryan, un repartidor precarizado interpretado por Austin Abrams, quien debe entregar un misterioso paquete en el Hospital General de Raccoon City.
El director optó por prescindir de los elementos solemnes de las entregas anteriores y volcar la narrativa hacia la comedia. El protagonista, un hombre común en una situación extraordinaria, atraviesa diversos escenarios que evocan la estructura de niveles de un videojuego, enfrentando desde la policía hasta criaturas denominadas Nyx. La propuesta incorpora elementos de gore y horror corporal con una intención de divertir al espectador, alejándose de los efectos puramente digitales.
La película mantiene un ritmo ágil durante sus 90 minutos de duración, con breves referencias a la jugabilidad de la franquicia, como la gestión de recursos o las perspectivas de cámara. Aunque el relato busca profundizar en la vida personal de Bryan, incluyendo su vínculo con su pareja, son estos momentos los que se perciben como los pasajes menos sólidos del filme. A pesar de esto, la obra destaca por su alejamiento de las convenciones previas del terror cinematográfico.
