Matthew Lillard, quien interpretó a Shaggy en la adaptación de acción real de Scooby-Doo, relató las complicaciones económicas que enfrentó tras el estreno de la secuela en 2004. A pesar del éxito de la primera entrega en 2002, que recaudó 275 millones de dólares, la segunda parte no logró el mismo impacto, lo que derivó en una escasez de oportunidades laborales para el actor.
El intérprete confesó que, en aquel entonces, sentía resentimiento hacia la franquicia, a la que culpaba por el estancamiento de su carrera. Esta situación lo llevó a tomar decisiones drásticas junto a su esposa: vendieron sus vehículos y su propiedad para reducir sus gastos, mientras su pareja retomaba el trabajo para mantener la economía familiar.
Lillard admitió que aquel período fue una lección de humildad que le permitió redefinir su identidad profesional. Aunque inicialmente buscaba el estrellato, comprendió que su perfil se ajustaba más al de un actor de carácter. A pesar de las dificultades, reconoció que el dinero obtenido por la secuela fue fundamental para salir adelante en ese momento.
Con el paso del tiempo, el actor logró reconciliarse con el personaje. Aunque su carrera continuó con participaciones en producciones como Scream, Los descendientes y Curvas de la vida, Lillard mantuvo su vínculo con la franquicia prestando su voz a Shaggy en diversas producciones animadas.




