A los 64 años, y después de décadas en las que el reconocimiento le era esquivo, ahora es una de las actrices más convocadas para el cine y el teatro. Coprotagonista de "Desde el jardín", en el Metropolitan, cuenta su recorrido por la Facultad de Biología, por las pasarelas, por los casting y marca "El ciudadano ilustre" como la película que le quitó el velo. Una charla sin apuro, con emociones, con humor y con un viaje por la infancia en la que sus monólogos frente a los azulejos escondían a la artista de hoy.
Ella iba por la vida diciendo que había debutado con Juan Alberto Badía, que ahí se le habían abierto las puertas de la TV. Pero hace poco fue de invitada a Otro día perdido, el late night show de Mario Pergolini, y cuando Alejandro Borensztein -uno de los productores- fue a saludarla se acordó inmediatamente que su primer paso frente a cámara no había sido ése. Había sido otro y cortísimo. Lo que otra figura tal vez no contaría de sus comienzos Andrea Frigerio lo cuenta y con gracia. En eso también radica una de las tantas diferencias que hay entre ella y las que derrochan purpurina. Sentada en el sillón de su camarín del Metropolitan -donde coprotagoniza Desde el jardín junto a Guillermo Francella-, no tiene pudor en recrear esa escena que creía tener olvidada. Pero la memoria siempre atesora alguna perlita en su dobladillo: “Mientras saludo a Alejandro le digo ‘Me acabo de dar cuenta de que en realidad empecé con tu viejo y me echaron, encima’. Y nos matamos de risa”. -Otra estaría sacando chapa de que los palotes los hizo con el gran Tato Bores. -Tato era lo más, pero lo mío no duró nada. Formaba parte de una apertura que hicimos en los Bosques de Palermo, algo sobre ET y luego en el piso me pusieron como la secretaria de Tato. Bueno, me dieron mis líneas, que en realidad era mí línea: yo entraba y tenía que decirle ‘Señor Tato, acá le traje su carpeta’. Punto. Eso era todo mi texto. Tenía 21 años, no habia hecho nada en tele, sí casting, obvio. Se ve que él tenía otro libreto y me dice ‘Entró muy bien y se fue mejor’. Un chiste viejo que no escuché y ni hubiera entendido. Y me doy vuelta y le digo inocentemente: ‘¿Cómo dice?’. Pero fue como un ‘¿qué?, no entendí’. No estaba en mí linea que él me contestaba. Él dijo ‘No, nada’ y me invitaron a retirarme y nunca más me llamaron. Entre aquella Andrea y la de ahora no sólo pasaron más de 40 años, sino que la mujer preciosa y elegante que está sentada con la simpleza y la serenidad de los que saben esperar su turno ha recorrido un camino por los diferentes rincones de la vida, aunque la mayoría crea que sólo supo transitar la pasarela. Modelo de alta costura -entre muchas otras cosas que irá develando con el correr de la charla- en los últimos años se ha convertido en una de las actrices más requeridas (y también vale si uno separa la primera sílaba de esa palabra) del medio, para compartir escenarios y pantallas con grandes como Luis Brandoni (en Mi obra maestra), con Oscar Martínez (en El ciudadano ilustre), con Francella, en varias cosas como esta obra en la que su trabajo merece premio. Los premios no la desesperan, dice, las oportunidades sabe aprovecharlas. A los 64 años, con dos hijos, un marido y tres nietos, comparte que “tengo muchos mandatos familiares, sobre todo de mi abuela paterna, Paulette, que nació en Marsella, y me decía muchas cosas interesantes. Mi mamá era docente, papá era ingeniero civil, hasta los 8 fui hija única y pasaba mucho tiempo con mis abuelos. Como yo hablaba mucho, Paulette, por ejemplo, me decía ‘¿Vos sabés que cuando uno habla mucho se pierde la oportunidad de aprender, no?’. Y con eso no me decía ‘Callate que no parás de hablar’. Y con los años me convertí en una gran oreja, amo escuchar al otro”. Y ama, se ve, retratar a cada uno de los miembros de su mesa chica: “Cuando se casaron, papá trabajaba en Capital y como mi mamá era maestra rural, para que no viajara tanto se fueron a vivir a Escobar. Ella le había dicho a sus padres que iba a la facultad a estudiar Psicología porque tenía el mandato de la universidad, pero en realidad se iba a dedo hasta la ruta 26, en Del viso, con el delantal blanco y la levantaba el Chevallier, algún camión, no tenía plata. Después descubrió una locomotora y la dejaba en Maquinista Savio. Y ella era feliz haciendo lo que le gustaba: enseñar”. La madre nos mira desde el espejo enorme del camarín, en realidad nos miran las fotos de todos. Pero ahora es el turno de ella: "No conseguía dónde dar clases y en Pilar le dijeron que había un lugar cercano que no tenía construcción ni nada, pero donde debería haber una escuela primaria. Entonces sola consiguió una casilla y ahí empezó a dar clases de primero a séptimo, tenía como diez alumnos. Todavía está esa escuela de la ruta 26 que se llama, no sé, Brigadier no sé cuánto y debería llamarse Marta Di Paola, que es el nombre de mi mamá”. Hasta los 5 años, Andrea vivió en Escobar “que fue cuando mamá se pudo comprar un Citroën 3CV y entonces volvimos a la Capital, donde me criaban distintas personas. Había una suerte de discusión que nunca me voy a olvidar: mi viejo diciendo ‘Marta, la señora que cuida a Andrea gana más de lo que vos ganás y vos te vas todo el día’. Y ella le decía: ‘Pero es mi vocación, Enrique, a mí me gusta hacer esto’. Se armaban unas peloteras tremendas, pero mi vieja siguió yendo a dar clases y lo bien que hizo”. Después llega el turno de “Luisa, mi abuela materna, de pelo blanco, cocinaba todo el día, se obsesionaba con el mantel blanco, gran anfitriona, hija de españoles. Ellos (Luisa y don Pancho) vivían a la vuelta de casa… Siempre estaba con alguien y mamá volvía a las tres del colegio, no tuve para nada una infancia de carencias”. -Jugaba mucho sola y me divertía conmigo, inventaba historias, hablaba frente a los azulejos, actuaba sin saber que lo hacía. A mí me gusta la soledad, son momentos en los que creo, proyecto, tengo ilusiones, son espacios necesarios. -Sí, porque después llegó Paula y para mí fue una diversión increíble, una nena con unos ojos azules divinos, con ese olor a bebé que me fascinaba. Y cuando yo tenía 11 ó 12 mis papás se separaron, mi madre hizo pareja pero no tuvo más hijos, mi padre tuvo unas novietas y luego sí se volvió a casar y ahi nacieron mis hermanas más chicas, Eugenia y Luisa. Él decía que éramos un póker de damas y generó un clima de hermandad fantástico. Con café para una y agua caliente para ella (que en algún momento matizará con alguna de las muchas hierbas que tiene en el camarín), habla también de Lucas Bocchino, el amor de su vida, de sus hijos “Tomy y Fini” y de sus nietos. De todos hay fotos, algunas pegadas y otras despegadas, pero protegidas en carpetas, algo así como el álbum de las figuritas del afecto. Detalla: “Es parte del ritual que tenemos antes de la función: dicen ‘5 minutos’ y yo ya tengo conectado mi Spotify y salgo con un tema de Barry White a todo lo que da (You’re The First, The Last, My Everything). Salen todos de los camarines, nos juntamos, jodemos si hay tiempo, termina la canción, hacemos una ronda, nos abrazamos y Martín Seefeld dice ‘Mucha joda, mucha joda, pero acá hay que hacer una obra, ¿saben cómo se llama?’. Todos decimos ‘ni idea’. Ponemos las manos así (una arriba de la otra) y todos decimos Des-de-el-jar-dín. Y nos volvemos a abrazar y nos deseamos una buena función. Yo digo buen viaje, porque para mí es un viaje ir al escenario. Ese momento previo me emociona mucho y ahí pongo el tema Felicità y ellos van subiendo, yo soy la última”.
