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A 30 años del fallecimiento de Gilda: de maestra jardinera a mito popular

Se cumplen tres décadas de la muerte de Miriam Bianchi, conocida como Gilda, tras un trágico accidente en la Ruta Nacional 12 mientras se dirigía a Chajarí.

A 30 años del fallecimiento de Gilda: de maestra jardinera a mito popular

El 7 de septiembre de 1996, en una ruta entrerriana, moría Miriam Bianchi. Tenía 34 años y todavía peleaba por hacerse un lugar en la escena tropical, mientras intentaba sostener su familia y una carrera que había comenzado casi por casualidad.

Después de aquella tragedia, sus canciones crecieron hasta volverse parte del imaginario popular y su figura adquirió una dimensión inesperada: la de una santa pagana a la que miles todavía le piden milagros. El calendario marca el 7 de septiembre de 1996. La lluvia cae contra el asfalto desparejo de la Ruta Nacional 12 en Entre Ríos.

Un micro blanco, a la altura del kilómetro 129, va hacia la ciudad de Chajarí. Esa noche la cantante tiene función. Hay bastante silencio. El viajo es largo y, ahora que los chicos están dormidos, los demás aprovechan para descansar. Por la mano contraria, un camión intenta pasar a otro en una curva, una maniobra indebida.

Trata de acelerar pero no tiene la velocidad suficiente. El chófer del micro se lo encuentra de frente, viene hacia ellos. Hace una maniobra desesperada, trata de escapar hacia la banquina con un volantazo. La banquina tiene una especie de cordón de cemento de unos 20 centímetros. Las ruedas del micro chocan contra él, el vehículo queda de costado.

El camión, sin poder frenar, lo embiste, lo arrolla. Otros dos autos que vienen por detrás también impactan contra él, no llegan a reaccionar, es imposible. El micro vuelca, da varias vueltas sobre sí mismo. Queda tirado al costado de la ruta mojada. Una de ellas fue Miriam Alejandra Bianchi de 34 años. Pero hacía alrededor de seis años que casi nadie la conocía con ese nombre.

Para todos era Gilda. En ese momento sólo era una cantante en busca del éxito, con un puñado de grandes temas. Hoy treinta años después sus canciones se siguen escuchando y cantando. Pero ya no es sólo una cantante. Es un mito popular, una santa pagana a la que muchos recurren en busca de ayuda.

Nacida en Villa Devoto, estudió educación física hasta que su padre murió y debió salir a trabajar. Luego retomó los estudios pero como maestra jardinera. De eso trabajaba cuando con dos hijos chicos, un matrimonio en crisis y ganas de cumplir sus sueños, abandonó la escuela para probar suerte como cantante.

El país estaba convulsionado por la hiperinflación y la inestabilidad y Miriam creyó que era un buen momento para animarse. Lo que la impulsó fue un aviso que vio en un diario en el que pedían cantantes para un grupo de cumbia. “Busco cantante para un grupo musical tipo Las Primas”, decía el aviso clasificado de Clarín.

La mujer fue a la prueba con cierta ilusión pero sin expectativas desmedidas, era una especie de juego para ella. El que buscaba cantante era Bubi Morales, un músico del ambiente. Morales le pidió a su amigo Toti Giménez que le prestara la casa y unos equipos.

Giménez trabajaba hacía años como músico y en ese momento integraba la banda de Ricky Maravilla, quien gozaba de gran popularidad gracias a ¿Qué tendrá el petiso? y sus múltiples caídas televisivas. La prueba fue un éxito. Toti y su socio reconocieron de inmediato el talento de Miriam. Toti además se enamoró de ella a primera vista. Grabaron algunos demos.

Mientras tanto ella comienza a cantar con algunas bandas como La Barra y Crema Americana. Todavía era Miriam Bianchi. Algunos afirman que el nombre artístico derivó de la película Gilda, protagonizada por Rita Hayworth. Los más cercanos dicen que la película dirigida por King Vidor no tuvo nada que ver.

Que a Miriam le decían Shyll y que luego de unos meses cantando como Miriam Bianchi, José Cholo Olaya, propietario del sello Clan Music, la bautizó como Gilda, un nombre artístico contundente, breve, sonoro. En 1993 edita su primer disco solista.

Antes hubo tres años de lucha, abriéndose camino junto a Toti, buscando posibilidades, adquiriendo experiencia, pagando derecho de piso (los tiempos cambiaron: hoy alguien graba un tema en su habitación y al día siguiente puede subirlo a las plataformas: Gilda buscó su chance durante varios años). De a poco se hizo conocida en el ambiente.

Tienen de inmediato un hit: No me arrepiento de este amor. En su casa, con la decisión de volcarse a la música, el matrimonio terminó de desmoronarse. Se separó del empresario Raúl Cagnin, padre de sus dos hijos.

En entrevistas posteriores, el hombre se reconoció como celoso y el cambio abrupto de profesión de la mujer fue demasiado para él, con el agravante de que el trabajo era nocturno. Con el primer dinero producido por las canciones también aparecen problemas con Olaya. Se mudan al sello Leader Music.

El segundo álbum, Corazón Valiente, es otro éxito de ventas aunque está lejos de convertirse en alguien masivo. Es un paso adelante en su carrera. Comienza la expansión hacia los países limítrofes y las noches de seis y siete shows consecutivos.

El biógrafo de Gilda, Alejandro Margulis, autor de Santa Gilda, remarca que la figura de la cantante dentro del mundo de la cumbia era una rareza: “Les cantaba a otras jóvenes, les aconsejaba que no se dejaran cagar, que se hicieran respetar, que si las maltrataban, se alejaran y denunciaran a los golpeadores.

Cantaba de la alegría, del amor, pero no de la tontería propia de la cumbia”. Su impronta marcó un antes y un después para las mujeres de la cumbia. Sensual pero no sexualizada, plantó a las mujeres en otro lugar en un ambiente en el que la mujer estaba para que se le vea la tanga o para que -en una variante de lo anterior- los camarógrafos hicieran planos por debajo de sus demasiado cortas polleras mientras movían las caderas rítmicamente.