La inquietante primacía de la geopolítica
La geopolítica, es decir, la proyección de intereses políticos sobre determinados territorios con fines asociados al incremento del poder de los Estados, ha sido y es una de las grandes regularidades de la historia. Si bien el vocablo surgió hacia fines del siglo XIX, su práctica es protohistórica.
Por haber nacido en tiempo de “ismos” dominantes en el mundo de entonces (nacionalismo, militarismo, imperialismo), y por sufrir más adelante el secuestro del nacionalsocialismo que la convirtió en un instrumento de expansión territorio-racial, la geopolítica quedó asociada a rivalidades interestatales y al mismo origen de guerras.
Aunque después de 1945 se intentó “desgermanizarla”, en Occidente la consideraron una “disciplina maldita” y se habló poco de ella, pero la lógica de la Guerra Fría implicó una colosal pugna geopolítica desde su inició hasta su final. Más aún, el hecho de que uno de los contendientes fuera un Estado ideológico hizo que la geopolítica fuera ideológica, es decir, resultaba imposible el statu quo territorial (si bien en los setenta la URSS se comprometió a respetar las fronteras en Europa).
Hacia fines de los años ochenta y sobre todo con el vendaval de la globalización en los años noventa, la geopolítica sufrió un segundo desplazamiento, incluso se habló del “fin de la geopolítica”, entendiendo por ello su desterritorialización y la adopción de un enfoque conceptual “a la carta”: todo era geopolítica, desde los fenómenos climáticos hasta las crisis financieras.
Sin embargo, a pesar de esta “licuación” de la disciplina, un registro más centrado en los hechos y menos en el clima esperanzador de entonces habría advertido sobre la continuación de la geopolítica, tanto en clave clásica, la guerra del Golfo, por caso, como en sentido renovado, pues ¿no fue acaso la globalización la “continuidad de la geopolítica por otros medios”?
Ya en el siglo XXI, la creciente conectividad, las nuevas tecnologías, la expansión del comercio, el ascenso de nuevos actores, entre otras nuevas realidades, fueron impactos que sin duda acabarían con los rescoldos de la geopolítica.
Ocurrió entonces la “tercera muerte” de la geopolítica, a pesar de que (una vez más) una lectura más analítica de los hechos habría concluido que la geopolítica se hallaba por todas partes: en la concepción territorial global del terrorismo transnacional y su impacto en el territorio más protegido del globo hasta en el enfoque asertivo de las doctrinas espaciales nacionales, pasando por las guerras en zonas rojas de potencias, las sucesivas marchas de la OTAN hacia el este, entre otras.
Desde la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014, autorizados expertos se refirieron al regreso de la geopolítica. A partir de entonces ya no se dejó de hablar de la disciplina, e incluso comenzaron a referirse a ella convencidos interdependentistas, globalizadores e ilustrados para los que la evolución de la humanidad, en el sentido que consideraba Immanuel Kant, era inalterable.
Pero, en rigor, la geopolítica nunca se había marchado, ni siquiera cuando acabó la Guerra Fría (régimen con el que se suponía se iría la geopolítica), alcanzando su expresión más alta el 24 de febrero de 2022 con la invasión rusa a Ucrania, un hecho que solo se puede comprender desde la geopolítica.
Pero acaso lo inquietante de la primacía de la geopolítica en el siglo XXI es que “geopolitiza” a la globalización; es decir, la profusa red comercial y de interdependencias del mundo se ve condicionada y arrinconada por la evolución de las cuestiones político-territoriales, siendo la situación actual en el estrecho de Ormuz un caso por demás concluyente en relación con la primacía de la ecuación que combina intereses políticos, territorios y poder.
No es la primera vez que la globalización es condicionada por la geopolítica, pero sí es la primera vez que tanta globalización está sucumbiendo ante la geopolítica. Porque junto con los adelantos tecnológicos y el grado de conectividad, la globalización era una fuerza que, como sostiene el profesor Esward Prasad, no solo superaría divisiones entre los países, sino que incluso fomentaría la estabilidad geopolítica.
Concluyendo, demasiado geopolítica para ser verdad, sobre todo porque nos hallamos en la tercera década de un siglo con adelantos impensados. Pero hoy por hoy lo es y los hechos son contundentes. La geopolítica no solo nunca se fue, sino que su dinámica es tal que podría fracturar la globalización, el último refugio de orden internacional sustituto con el que contamos.
Tal vez las tecnologías mayores o megatecnologías lleguen a restringir la primacía de la geopolítica, pues su alcance bien podría desplazar la soberanía de los Estados hacia la “soberanía tecnológica”, creándose un nuevo paradigma: relaciones “tecnopolares” en lugar de relaciones internacionales. Más todavía, hay quienes hablan de relaciones “inter-IA”.
Pero más allá del creciente impacto de las tecnologías, el “territorio” de cuestiones es amplio: por un lado, desde los años setenta el Estado se mantuvo frente a fenómenos erosionantes de sus capacidades y habilidades (lo hizo ante la denominada “era tecnotrónica”, la interdependencia, la globalización e incluso la era digital); por otro, los temas de seguridad, ausencia de gobernanza mundial, delincuencia sofisticada, entre otros, requieren de Estados con capacidades.
Es cierto que el Estado ha perdido autoridad, pero no se considera que se halle ad portas de su irrelevancia. Más aún, como lo demuestran numerosos casos, Palantir Technologies, por citar uno, existen fuertes vínculos entre corporación y Estado (en 2025, casi el 55 % de los ingresos de esa firma provino de clientes gubernamentales).
Además, los Estados están trabajando en la construcción de marcos de regulación con el fin de impedir que se relocalice demasiado su autoridad, sobre todo en los regímenes democráticos, porque en los regímenes autoritarios las tecnologías fungen favorables para el control social, de allí que podamos hablar de regímenes “digitalitarios”.
Por último, desde lo ajustadamente geopolítico, en paralelo a la era tecnológica necesariamente siempre habrá una era de imperialismo por suministros; asimismo, el mundo podría marchar hacia la conformación de bloques geotecnológicos en pugna.
Quizá sea la superinteligencia artificial (ASI) la que en el futuro acabe arrinconando a la geopolítica. Pero aquí es conveniente remitirse al reparo de Maquiavelo y abstenernos de realizar apreciaciones sobre “reinos no conocidos”.
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