Adorni y el juego en el que todos pierden
Adorni, poder y dinero. ¿Y el sexo? ¡Denos sexo! En la época de Berlusconi, en Italia teníamos el paquete completo: poder, dinero y sexo. Lo disfrutamos por un largo plazo, el mundo se divirtió, la cuenta no fue barata. Se ríe, claro, para no llorar.
No mojaré yo también la galleta en el fango. Solo observo que la escena es indecente. Los kirchneristas se regodean de los apuros mileístas, los mileístas se los atribuyen a los kirchneristas, ambos despotrican contra los periodistas, las redes sociales rebosan groserías: un gallinero, un jardín de infantes. ¿No será este el verdadero “riesgo país”?
En un país normal, Adorni habría renunciado, a la espera del veredicto de la justicia. No por culpable: todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Sino por conveniencia política, para proteger al gobierno del que forma parte.
Los magistrados habrían llevado a cabo las investigaciones: con reserva, respetando los derechos del investigado. Y la prensa hecho su trabajo: buscar, preguntar, informar, comentar. Por su cuenta, sin filtraciones de las fiscalías, con sus posibles fines políticos. La opinión pública habría sacado sus conclusiones.
Pero los países normales no existen; si existen, no se llaman Italia ni Argentina; y el Estado de derecho es una utopía de viejos nostálgicos. Y así, dale que dale, todos contra todos sin reglas, respeto, matices.
En una de sus clases sobre democracia, Giovanni Sartori describió tres situaciones típicas. La primera es la del juego de suma positiva: todos participan en las decisiones, todos se benefician en parte.
La segunda es la del juego de suma cero: quien gana se lleva todo, quien pierde no obtiene nada. La tercera es la del juego de suma negativa: todos pierden, incluso aquellos que creen estar ganando.
Es la situación argentina. Para destruir al enemigo se incendia la casa de todos. De las cenizas de la kirchnerista surgió Milei. ¿Quién será el próximo? Hasta que, de venganza en venganza, ya nadie creerá en nadie y todos buscarán el chivo expiatorio que les convenga. Harakiri.
Desde Italia, en 1939 Juan D. Perón escribió que las cosas de Europa se repetían, años más tarde, en América Latina. Justo el tiempo de importar el fascismo. Han pasado casi noventa años, y sigue así. El fanatismo populista revivió los años Setenta, el anarquismo libertario pasó ya de moda. ¡Ni hablar de la «lucha contra la casta»!
En Italia, dominó la escena durante años: el pueblo honesto contra la casta corrupta. ¿Banal? ¿Maniqueo? ¡Por eso funciona! Ayuda a cambiar a las élites. Pero tiene la mecha corta: una vez en el poder, los feroces enemigos de la casta se convierten en casta a su vez.
Es normal: los gobernantes son pocos, una élite; los gobernados, muchísimos. La nueva casta tendrá las mismas tentaciones que la antigua, se expondrá a las mismas acusaciones. Así fue en Italia, así es en Argentina. Los moralistas son moralizados, los purificadores purificados. Quien desde la silla exhibía impunidad, bajado del caballo invoca legalidad; quien increpaba contra los privilegios ajenos, cuida los suyos como un derecho; los justicieros de ayer son garantistas ahora que les conviene. Y viceversa.
¿Cómo salimos de esto? ¿Cómo frenar la furia autodestructiva? A falta de tratamiento, me permito un diagnóstico. Veo un problema cultural y uno institucional, entrelazados. El cultural salta a la vista: ante cada escándalo invocamos indignados la moral, pero caemos en el moralismo.
¡Hay una gran diferencia! La moral es el conjunto de valores en los que creemos buscando el bien. Implica conciencia, integridad, responsabilidad. Se aplica a amigos y enemigos, extraños y familiares, ganadores y perdedores.
El moralismo es a la moral lo que la hipocresía es a la sinceridad. Subido al pedestal, el moralista condena a los enemigos y justifica a los amigos, presume de pureza y no tolera el disenso. En una democracia sana, la opinión pública es una centinela moral; en una democracia enferma es una policía moralista.
Pasemos por alto el remoto origen de nuestra propensión al moralismo, al servilismo hacia algún jefe, a sacrificar lo que vemos por lo que creemos. El tema es que el problema cultural se traduce en problema institucional.
En medio de la tormenta, entre el griterío de las comadres, la Argentina reclama una voz adulta, un prócer garante de seriedad y racionalidad. Una voz autorizada que diga: “paren, chicos”. En teoría le correspondería a Milei. ¿No es el presidente de todos los argentinos? Pero las ráfagas moralistas no producen estadistas. Traen caudillos exaltados y perturbados. ¿Alguien vio alguna vez a Nerón apagar un incendio? ¿A Savonarola calmar una disputa?
Esa voz, vuelvo a la carga con mi viejo clavo, es el deber histórico de la “tercera Argentina”: reformista, tolerante, republicana; pro-mercado, pero cum grano salis; pro-occidental, pero con dignidad; liberal, pero decente. ¿Dónde está?
¿Sigue pensando de “civilizar” a Milei? A fuerza de inmolarse ante la tiranía familiar, de tragarse los delirios imperiales de Trump, los arrebatos medievalistas de Laje, el supremacismo posliberal de Palantir, lo seguirá al abismo.
Esperando reabsorber a su electorado, quizá para ofrecerle una sopa recalentada, se está jugando el alma. Cuando llegue la nueva ola moralista, y estén seguros que no tardará en llegar, la barrerá. Hay un vacío que llenar, una moral que defender, un sujeto que inventar. No un espacio que reconquistar.
Historiador italiano, profesor de la Universidad de Bolonia. Especial para nuestro equipo.
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